“Es precioso, por momentos irreal”

“Es precioso, por momentos irreal”


Al principio, todo indica que se trata de un pueblo más de Florianópolis. Pero algo desentona y hace que uno quiera quedarse. Barra da Lagoa está a 25 kilómetros de Canasvieiras y guarda varios secretos. A medida que se recorren sus calles, el paisaje empieza a hablar y queda claro que hay algo más detrás de esta joya natural.

Negocios pequeños y pintorescos aparecen a ambos lados del camino, pintados con colores vivos que remiten, inevitablemente, a Caminito, en La Boca. Como si un pedazo de Buenos Aires hubiera decidido mudarse a esta ciudad brasileña.

La primera gran imagen es la playa extensa de arena blanca y agua transparente. Hay mucha gente, pero el espacio alcanza para todos. A un costado, un faro divide el mar y un canal que baja desde la laguna de Conceição. Entre piedras enormes y aguas turquesas, algunos aprovechan para meterse, otros pescan desde la orilla.

Claudio y Andrea hace cuatro veranos que vienen a vacacionar a Barra. “El lugar es precioso, irreal por momentos”, define la mujer. Vinieron con sus dos hijos y reconocen que la temperatura del agua, el color de las casas y el ambiente festivo los atraparon desde la primera vez. “A mis hijos les encanta. Tienen amigos acá y todo”, agregan.

Gustavo vivía en La Plata y llegó hace apenas tres semanas por trabajo. Su hija Morella vino a visitarlo y quedó fascinada con el paisaje. “Estoy viendo si me puedo quedar más días, es un lugar que tiene mucho por ver”, dice.

Si se continúa por un puente azul, hay un camino a pie de 15 minutos que lleva a la gran joya de Barra da Lagoa. A medida que se camina por el sendero, sus rincones cuentan historias como la de un talentoso artista uruguayo que vende pinturas hechas a mano.

Muchos turistas se amontonan a preguntar cuánto cuesta el cuadro de Maradona o Luis Suárez, que se ve apoyado en la pared de su puesto.

Más adelante, una pareja vende sahumerios. Muchos turistas no van preparados con el calzado adecuado y hacen la travesía en ojotas, como Claudio y Andrea. Llegan igual, aunque alguna chancleta quede en el camino.

Agua calma y transparente en Barra da Lagoa. Foto Emmanuel Fernández / Enviado especial

La recompensa espera al final; unas piscinas naturales de agua calma y transparente. Las piedras lisas invitan a tomar impulso y tirarse. La gente se acumula en la cima hasta que baja a las distintas piedras. No queda otra que aprovechar el envión y tirarse sin dudar al agua.

“Una belleza total”, dicen Rosana y Eduardo de Campana. El año pasado vinieron con tres matrimonios pero este año no pudieron coincidir. Llegaron a Ingleses en auto con sus dos hijos adolescentes y vinieron a pasar el día a Barra da Lagoa.

Postales de Barra da Lagoa. Foto Emmanuel Fernández / Enviado especial

“Mis hijos se quedaron en la playa, a nosotros nos dijeron de este camino y vinimos. Increíble este lugar, lastima que no vine en zapatillas”, agrega Rosana.

“Hay que dejar la argentinidad y absorber la cultura brasileña”

Martín está sentado en un barcito sobre el camino que conduce a las piletas cristalinas de Barra da Lagoa. Es argentino y estaba a punto de comer dos coxinhas de frango, una especie de empanada frita.

“Era de Boulogne, a 100 metros de la estación”, dice y así arranca la charla. A pocos metros, el puente azul marca el regreso al centro del pueblo.

Martín es argentino y vive en Joinville. Foto: Emmanuel Fernández / Enviado especial

El sol pega fuerte, hacen más de 30 grados. Martín no se mueve, disfruta. Mira pasar un desfile de turistas de todos lados y habla con una sinceridad poco habitual. Hace tres años que no pisa la Argentina y, por ahora, no piensa volver. Hoy su vida transcurre en Brasil.

“Empecé a viajar porque me separé mal, matrimonio 25 años, traición de por medio, algo que no esperaba. Era muy familiero. Imaginate, soy capricorniano, era la mujer para toda mi vida en 25 años nunca me dio un problema. Agarré mis cosas, mi mochila y dejé todo… desaparecí”, cuenta.

Recorrió Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay, el norte argentino, lugares en los que se reencontró con el mismo. Barra apareció después. “Yo moré en Ingleses tres meses y había pasado solo tres días acá. Ahora vine y me instalé 12 días y sí, era acá”.

Le gusta todo de Barra, tanto el día como la noche. “Ayer fui a bailar con dos chicas de Noruega”, cuenta.

El sitio es muy visitado a pesar de que se llega caminando. Foto Emmanuel Fernández / Enviado especial

Y dice: ¿Sabes por qué estoy acá? Sé que hay algo con la chica que atiende el bar. Me trata muy bien y le gustan mucho los argentinos. Cuando llegué me dice; ‘¡Ah, te vi en la noche de reggae! No te quise incomodar porque vi que estabas con tus amigas’. Ahora vine a buscar su teléfono porque esta tarde ya me voy. Acá es así, el amor de verano y pasión no va a faltar”.

En cada oración, le sale alguna que otra palabra en portugués. “Nunca te van a hacer sentir un extranjero. Jamás me sentí un extranjero”. Y dice una frase que puede servir como consejo para todo aquel que planee irse a Brasil. “Que hay que dejar la argentinidad y absorber, mamar la cultura brasileña”.

Martin vive en Joinville, trabaja de maestro mayor de obra y le va muy bien. Los fines de semana visita playas, recorre rutas, conoce personas. A pesar de que encontró su lugar en el mundo, extraña algunas cosas de Buenos Aires.

Recomiendan zapatillas para atravesar el sendero natural. Foto Emmanuel Fernández / Enviado especial

“¿Sabés qué extraño de Argentina? El asado, unas empanadas que las tenés que agarrar con las dos manos de lo pesada que son, unos raviolones”. Pero también reconoce que viajar lo ayudó a sobrellevar su dolor. “Los lugares que vas conociendo te hacen olvidar un poco”, explica.

Antes de irse, mira otra vez el mar y sonríe. Barra da Lagoa sigue ahí, mezclando idiomas, noches largas y amores de verano. Martín paga, cruza el puente azul y se pierde entre la gente, convencido de que el viaje valió la pena.

Florianópolis. Enviada especial