A’ja Wilson, la reina del básquetbol que es una máquina de ganar títulos y ejemplo de lucha al convivir con la dislexia

A’ja Wilson, la reina del básquetbol que es una máquina de ganar títulos y ejemplo de lucha al convivir con la dislexia


En la WNBA todos hablan de A’ja Wilson, quien lideró a Las Vegas Aces en la conquista de su tercer título en cuatro temporadas con un inobjetable 4 a 0 frente a Phoenix Mercury en las Finales de 2025. La pivote de 1,93 metro ganó también su tercer anillo -todos con la franquicia de la “Ciudad del Pecado”– y se quedó con varios premios individuales para convertirse en la primera jugadora en la historia en levantar el trofeo, ser elegida MVP de la fase regular y de la final y terminar como líder en puntos y la mejor defensora en un mismo campeonato. La lista de sus logros asombra, pero toma una dimensión mayor si se considera que ella fue construyendo su carrera mientras libraba una dura batalla personal.

Es que la jugadora de 29 años es disléxica, una dificultad de aprendizaje que mantuvo en secreto durante mucho tiempo y que no le hizo la vida fácil, sobre todo en su infancia y adolescencia. Pero con la que aprendió a convivir gracias a una especial ayuda de su entrenadora universitaria para transformarse en una referente de niños y niñas dentro y fuera de la cancha.

“Cuando la gente ve mi currículum, piensa: ‘Esta chica es perfecta’. Pero saber que tengo un trastorno del aprendizaje, que estoy luchando contra la depresión y la ansiedad, muestra que soy una persona normal que sufre cosas que les pasan a otros. Esto va mucho más allá de encestar pelotas”, reflexionó alguna vez.

Wilson nació en Columbia, Carolina del Sur, y tenía 11 años cuando empezó a jugar al básquetbol. “No era muy habilidosa”, confesó. Pero guiada por su papá, Roscoe, y por su hermano mayor, fue puliendo su talento natural hasta convertirse en una de las mejores a nivel secundario. Así llamó la atención de Dawn Staley, entrenadora de la Universidad de South Carolina, que la ayudó a crecer como jugadora y también como persona.

Recién en su segundo año de secundaria, A’ja recibió su diagnóstico. “Ese año me sentía perdida. Mis padres sabían que necesitaba ayuda, pero también sabían que yo no iba a admitir que la necesitaba”, recordó en una carta publicada en The Player’s Tribune en 2018. Un día en la escuela la mandaron a hablar con una especialista y esa consulta le cambió la vida.

“Ella empezó a pedirme que leyera unos párrafos largos de diferentes textos. No tardé en sentirme abrumada. Le decía: ‘Puedo leer las palabras, pero no están bien’. Una vez más, me sentía tonta. Cuando terminamos, la mujer me preguntó si sabía lo que era una ‘discapacidad de aprendizaje’. Ese fue el día en que descubrí que tenía algo llamado dislexia. Básicamente, a mi cerebro le costaba mucho comprender grandes bloques de texto. Y eso me dificultaba la lectura”, relató.

“En cierto modo, fue un alivio poder ponerle un nombre a mis dificultades. Y también obtener las adaptaciones y los recursos que necesitaba para rendir mejor en la escuela. Pero no quería que la gente pensara que tenía una discapacidad, que era discapacitada. Odiaba esa idea. Casi prefería que siguiera diciéndome que era perezosa o que necesitaba esforzarme más. Lo último que quería era que alguien sintiera lástima por mí. Así que al principio no se lo dije a nadie”, agregó.

Al aceptar la beca para la Universidad de South Carolina, sin embargo, decidió con sus padres que debía informarle de su condición a todos sus profesores. Aunque nunca tuvo que decírselo a Staley, que ya lo sabía y en su segundo año con las Gamecocks decidió ayudarla.

Wilson junto a Staley, su entrenadora en la Universidad de South Carolina. Foto AP

“Me pidió que empezara a leer un pasaje de la Biblia en el vestuario antes de los partidos. Algunas personas se ponen nerviosas al jugar ante un gran público rival; a mí me aterrorizaba la idea de tener que recitar el salmo frente a mis compañeras, porque además no todas sabían de la dislexia”, comentó.

Y admitió: “No sé qué fue exactamente lo que cambió después de eso, pero leer así delante del equipo y que la entrenadora Staley me empujara a hacer algo que sabía que me incomodaba… Todo cambió después de que empezara a leer“.

Wilson se convirtió en una figura clave del equipo con el que ganó el título de la NCAA y fue elegida mejor jugadora universitaria en 2017. Al año siguiente fue seleccionada en el primer lugar del Draft de la WNBA por las Aces. Y con la camiseta de la franquicia de Las Vegas se transformó en una de las mejores jugadoras de todos los tiempos.

Hoy tiene en su vitrinas tres anillos (2022, 2023 y 2025), dos trofeos de MVP de las Finales (2023 y este año) y otros cuatro que la distinguen como la Jugadora Más Valiosa de la temporada regular (2020, 2022, 2024 y 2025). Fue siete veces All Star y el año pasado se convirtió en la primera jugadora en conseguir mil puntos en una sola temporada: sumó 1.021 en la primera parte del campeonato y otros 128 en los playoffs.

Con la camiseta estadounidense, se colgó el oro en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y de París 2024 y se consagró en los Mundiales de España 2018 y Australia 2022. Además es representada por Klutch Sports, la misma agencia que LeBron James, y tiene un acuerdo multimillonario con Nike, que le creo una línea propia de zapatillas.

“A’ja está sola en lo alto del Everest. No tiene a nadie alrededor”, consideró Becky Hammon, entrenadora de las Aces.

“La grandeza es ser paciente, esperar tu turno, esperar tu momento. Tenés que ser excelente cuando no hay luces, cuando no hay nadie en el gimnasio con vos, cuando quizás no conseguís nada al final. Para mí eso es la grandeza, porque es constancia y hacer lo correcto porque es lo correcto”, reflexionó tras calzarse su tercer anillo.

Para ella, los logros deportivos van a la par de la superación personal en su batalla con la dislexia, que la llevó a crear una fundación que lleva su nombre y que busca proporcionar recursos a los niños y sus familias que viven con la misma discapacidad que ella, así como recursos para campañas contra el bullying escolar.

“Tuve que lidiar con lesiones físicas, pérdidas personales, vértigo. Luché contra muchas cosas y experimenté éxitos increíbles. En cierto modo, la dislexia parece ahora un problema menor en comparación con lo que parecía en la secundaria. Es increíble cómo el tiempo puede cambiar tu perspectiva”, comentó hace unos años.

Y agregó: “También parece una locura lo obsesionada que estaba con la idea de que nunca se lo diría a nadie, con que la idea de que tener alguna discapacidad tenía que mantenerse en secreto o, de lo contrario, nunca llegaría a nada”.